Aprende a preparar las más tiernas y sabrosas albóndigas de pollo en salsa como las de la abuela. Una receta tradicional, reconfortante y fácil, ideal para compartir en familia.
No hay nada como un plato que te abrace desde el primer bocado. Las albóndigas de pollo en salsa de la abuela no son solo una receta más, son un viaje al pasado, a esos almuerzos de domingo donde el tiempo se detenía y el olor desde la cocina te llenaba de paz.
Hoy quiero compartir contigo esa receta que heredé de mi abuela, adaptada a los tiempos de hoy pero con todo el cariño de siempre. Vamos a cocinar paso a paso unas albóndigas jugosas, llenas de sabor, con una salsa de las que se mojan con pan hasta el final.
Y sí, también te contaré trucos, formas de conservarlas y responderé a esas dudas que a veces nos frenan. Porque cocinar no es complicado, solo necesitas una buena receta y un poquito de mimo.
Aquí van algunos consejos que he ido aprendiendo con el tiempo y que marcan la diferencia.
Este plato es ideal para preparar con antelación o para llevar en táper al trabajo. Las albóndigas de pollo aguantan bien en la nevera unos tres días si las guardas en un recipiente hermético y cubiertas con su salsa. De hecho, muchas veces están más ricas al día siguiente porque han absorbido aún más sabor.
Para congelarlas puedes hacerlo de dos formas. Ya cocinadas, con su salsa incluida, o bien solo las albóndigas crudas ya boleadas. En el primer caso, solo tienes que dejarlas enfriar completamente, guardarlas en un táper y al congelador. En el segundo, colócalas en una bandeja separadas unas de otras y, cuando estén congeladas, pásalas a una bolsa. Así no se pegan.
Cuando las quieras usar, descongélalas en la nevera la noche antes y caliéntalas a fuego lento, o al microondas con tapa para que no se resequen.
Una de las cosas buenas que tiene esta receta es que va bien con casi todo. Te dejo algunas ideas para que puedas elegir el acompañamiento perfecto según tus gustos, o lo que tengas por casa.
Arroz blanco.
Una opción clásica y sencilla. Solo tienes que cocer arroz con un poco de sal y un chorrito de aceite, y ya tienes la base perfecta para estas albóndigas. Además, la salsa se mezcla genial con el arroz.
Puré de patatas.
Si te gusta la comida reconfortante de verdad, acompáñalas con un puré casero bien cremoso. Con un toque de mantequilla y leche, queda espectacular.
Pasta.
Otra combinación ganadora. Puedes usar macarrones, espaguetis o cualquier tipo de pasta corta. Añade la salsa por encima y un poco de queso rallado, si te apetece.
Verduras al vapor o salteadas.
Si prefieres una comida más ligera o equilibrada, ponle al lado unas judías verdes, calabacín o brócoli. La mezcla es deliciosa y te deja muy satisfecha.
Pan recién hecho.
No puede faltar el pan. Una buena barra para mojar y disfrutar cada gota de salsa es casi obligatoria en esta receta.
Este plato es perfecto para el famoso “batch cooking”. Si haces albóndigas de pollo de más, tienes comidas listas para otro día. Puedes guardar las albóndigas con su salsa en táper individuales y congelarlos, así solo tienes que sacar uno y calentar cuando no tengas tiempo de cocinar.
También puedes desmenuzar unas cuantas albóndigas de pollo y usarlas para rellenar una tortilla, un sándwich caliente o, inclus,o una empanada casera. La salsa puede servirte como base para una pasta rápida, o para mojar unas patatas fritas.
Si estás buscando una versión más ligera de estas albóndigas, ya sea porque prefieres evitar los fritos o porque estás en un plan más saludable, no te preocupes que también se pueden adaptar sin perder sabor.
En lugar de freírlas, puedes hacer las albóndigas al horno o, incluso al vapor. Para hacerlas al horno, precaliéntalo a 200 grados, coloca las albóndigas sobre papel vegetal en una bandeja y añade un poco de aceite de oliva en spray o con pincel. Hornéalas entre 15 y 20 minutos, dándoles la vuelta a mitad de cocción. Quedarán un poco más secas por fuera, pero al cocerse después en la salsa se ablandarán y quedarán muy ricas.
También puedes sustituir el huevo por una cucharada de yogur natural, o queso batido si prefieres no usarlo. El pan puede cambiarse por copos de avena molidos, salvado o cualquier otra opción que uses habitualmente, si estás cuidando tu alimentación.
La salsa, por su parte, puedes hacerla sin vino y con menos aceite si así lo prefieres. Simplemente rehoga con un poco de agua o caldo en lugar de aceite y evita añadir harina para espesarla. Deja que reduzca lentamente y te sorprenderá lo sabrosa que sigue siendo.
Si tienes una olla de cocción lenta en casa, esta receta también se adapta perfectamente. De hecho, en muchas ocasiones las hago así porque mientras se cocinan puedo hacer otras cosas y la textura que se consigue es súper tierna.
Haz las albóndigas igual que en la receta clásica, pero en lugar de freírlas, puedes pasarlas directamente a la olla lenta junto con el sofrito y el caldo. Cocina en temperatura baja unas 4 o 5 horas, o en alta durante 2 o 3 horas. La salsa se va reduciendo lentamente y las albóndigas quedan suaves, como si se deshicieran en la boca.
Al final, si quieres que la salsa espese un poco más, puedes sacar el líquido, pasarlo a un cazo y reducirlo al fuego durante unos minutos. Luego lo vuelves a verter sobre las albóndigas y listo.
No siempre tenemos tiempo de estar en la cocina todo el dí,a y eso no quiere decir que tengamos que renunciar a comer rico. Si estás con el tiempo justo, puedes hacer una versión rápida de esta receta.
Compra albóndigas de pollo ya hechas, o pídelas al carnicero y haz solo la salsa. También puedes usar una picadora y mezclarlo todo en un momento sin complicarte. En lugar de hacer el sofrito desde cero, puedes usar cebolla ya picada congelada y ajo en polvo. Añade caldo, un poco de tomate frito si lo tienes a mano y espesa con maicena. En quince minutos tienes un plato casero, sabroso y listo para servir.
¿Ideal? No, pero te salva una comida sin tirar de comida basura.
Aprende a preparar las más tiernas y sabrosas albóndigas de pollo en salsa como las de la abuela. Una receta tradicional, reconfortante y fácil, ideal para compartir en familia

En un bol grande echa la carne picada de pollo. Añade un poco de ajo picadito, el huevo, la miga de pan con leche (bien escurrida), un poco de perejil picado y salpimienta al gusto.
Si ves que la masa queda un poco seca añade un chorrito de leche. Mezcla todo con las manos hasta que te quede una masa homogénea pero no la trabajes demasiado para que no se apelmacen.
Déjala reposar diez o quince minutos mientras recoges un poco la cocina o preparas la sartén. Ese pequeño reposo ayuda a que los sabores se mezclen y a que la masa se compacte un poco sin necesidad de añadir más pan ni más huevo.

Ahora viene la parte divertida. Con las manos húmedas ve haciendo bolitas del tamaño de una nuez. No tienen que ser perfectas, solo procura que todas sean más o menos del mismo tamaño para que se cocinen de forma uniforme.
Pásalas por un poco de harina y resérvalas en un plato o bandeja.
Si haces muchas y quieres congelar una parte, este es un buen momento. Puedes congelarlas ya boleadas, separadas en una bandeja, y una vez congeladas pasarlas a una bolsa hermética. Así tendrás albóndigas listas para cualquier día.

Pon abundante aceite de oliva en una sartén y caliéntalo a fuego medio-alto. Cuando esté caliente ve friendo las albóndigas por tandas para que no se amontonen. Solo queremos sellarlas y que cojan un poco de color por fuera. No hace falta que se cocinen del todo porque se terminarán de hacer en la salsa.
Según las vayas sacando, colócalas sobre papel de cocina para que suelten el exceso de aceite.

En la misma sartén donde freíste las albóndigas quita un poco de aceite si ves que ha quedado mucho. Deja solo lo justo para pochar las verduras. Añade la cebolla, la zanahoria y los ajos bien picados. Cocina a fuego medio-bajo con una pizca de sal para que suelten su jugo y se pochen sin prisas. Este paso tarda unos diez minutos pero merece la pena porque aquí es donde empieza el sabor.
Cuando la cebolla esté transparente y la zanahoria bien blandita añade el vino blanco. Sube un poco el fuego y deja que el alcohol se evapore. Notarás cómo cambia el olor y se vuelve más suave. Es el momento de añadir las cucharadas de harina. Remueve bien para que no se formen grumos y cocina un minuto para quitarle el sabor a crudo. Después, añade el tomate frito.

Ahora ve vertiendo el caldo poco a poco, mientras remueves. Si prefieres una salsa más espesa pon menos cantidad. Cuando empiece a hervir mete dentro las albóndigas con cuidado y baja el fuego. Añade el laurel y cocina a fuego lento durante unos treinta minutos con la tapa puesta pero dejando una rendijita para que se evapore un poco y la salsa se reduzca.
Y ya las tienes!
Remueve de vez en cuando para que no se pegue al fondo y asegúrate de que las albóndigas se van empapando bien. Al final la salsa quedará ligada, con cuerpo, y con ese sabor a guiso de toda la vida.
Si te gusta la salsa más fina puedes triturarla con la batidora antes de meter las albóndigas. Yo a veces lo hago cuando hay niños en casa porque no se nota la verdura pero sigue estando deliciosa.
Las albóndigas de pollo en salsa de la abuela son de esos platos que vuelven una y otra vez a nuestras mesas. Porque son fáciles, porque gustan a todos pero, sobre todo, porque nos conectan con algo más profundo. Con el recuerdo de quien nos las cocinaba, con los olores de la infancia, con los gestos de cariño que no necesitan palabras.
Espero de corazón que esta receta te inspire a prepararlas, a adaptarlas a tu gusto, a hacerlas tuyas. Que las compartas con la gente que quieres, que las disfrutes sin prisas, y que cada vez que las cocines, te sientas un poco más en casa.
Si te ha gustado la receta, cuéntamelo en los comentarios. ¿Tienes algún truco que no he mencionado? ¿Las haces de otra forma? Me encantará leerte.
Si conoces a alguien que le encanten las recetas tradicionales, o que está buscando una forma diferente de cocinar pollo, compártela. Puede que le alegres el día.
Nos vemos en la próxima receta. Hasta entonces, buen provecho y mucho cariño en la cocina!