Aprende a preparar tartaletas de manzana invertidas con hojaldre, miel, canela y azúcar moreno. Receta paso a paso, trucos para que queden crujientes, conservación, variaciones y preguntas frecuentes.
Hay postres que son como ese mensaje de una amiga que llega justo cuando lo necesitas: te arreglan el día. Estas tartaletas de manzana invertidas son exactamente eso. Las hago cuando quiero algo dulce pero no me apetece meterme en un bizcocho de una hora, cuando tengo manzanas que ya me miran con cara de “úsame”, cuando viene gente a casa y quiero quedar como si me hubiera pasado la tarde entera en la cocina… y también cuando simplemente necesito un momento cálido, de esos que huelen a canela y hogar.
Lo mejor: son individuales, quedan monísimas, tienen ese contraste de hojaldre crujiente con manzana jugosa y caramelizada, y encima llevan miel, azúcar moreno y canela… o sea, el trío que convierte una cocina normal en un sitio donde apetece quedarse a vivir.
Y sí, son “invertidas” porque las montamos al revés: primero la base dulce con manzana y miel, luego el hojaldre encima, horneamos, y al final… giro dramático: les damos la vuelta. Ese momento de voltearlas es pura satisfacción, como abrir un regalo. Cuando ves la manzana brillando, con su caramelo pegadito, te juro que dan ganas de aplaudir.
Las tartaletas de manzana invertidas son una versión mini y simplificada de la idea “tarta invertida”: la fruta se cocina caramelizándose en la base y luego se cubre con una masa (aquí hojaldre). Al voltearlas, la fruta queda arriba, brillante y glaseada, y la masa se convierte en una base crujiente.
Además te diré una cosa, hay recetas que te ponen en modo “me va a salir bien”. Estas son de esas. Hay algo muy bonito en seguir pasos simples y ver un resultado tan vistoso. Es como recordarte que con poco puedes conseguir mucho (en la cocina y en la vida, ahí lo dejo).
Aquí hay debate, pero te lo resumo en plan práctico:
A mí me encanta mezclar: una más ácida y otra más dulce. Queda redondo porque la miel y el azúcar moreno ya aportan mucho dulzor, y una manzana con puntito ácido hace que no empalague.
No hace falta la miel más cara del universo, pero sí una que te guste. La de flores va genial. Si usas miel de romero o de azahar, aportan un perfume precioso. Evita usar una miel demasiado intensa si no quieres que tape la canela.
Si quieres un resultado espectacular, usa mi miel de manzana, verás que ricas!!
El hojaldre es el “atajo elegante”. Compra uno bueno, de mantequilla si puedes. La diferencia se nota en el sabor y en el crujiente. Y ojo: mantenlo frío hasta el último momento. El hojaldre caliente se vuelve blando y se rompe, y aquí queremos volumen y ese “crac” al cortarlo.
Si se calienta antes de entrar al horno, la mantequilla se derrite y pierdes capas. Yo lo saco de la nevera, lo corto, monto las tartaleas y al horno.
Una cucharadita por tartaleta es suficiente. Si pones demasiado, suelta más líquido y puede “hervir” en exceso, humedeciendo el hojaldre.
Si son demasiado gordas, quedarán crudas. Si son demasiado finas, se deshacen y sueltan más agua. El equilibrio de 3-4 mm funciona genial.
El papel evita que se peguen, pero también ayuda a que el caramelo no se convierta en cemento. Una bandeja que ya está caliente (por el precalentado), favorece el golpe de calor inicial.
Una pizca mínima hace que el sabor sea más “adulto”, más redondo. Si te gusta el rollo caramelo salado, esto te va a encantar.
Espera 2-3 minutos tras salir del horno y a dar la vuelta.
Clásico total. El contraste caliente-frío es una fantasía.
Más ligero, más “postre diario”. Queda elegante y riquísimo.
Si vas a lo reconfortante, esto es lo mejor.
Nueces, almendras laminadas, avellanas… un toque crujiente extra.
Si las notas muy dulces, un puntito cítrico lo arregla todo.
Además de canela, añade una pizca de nuez moscada y jengibre. Queda especiado y muy aromático.
Unas gotas de extracto de vainilla en la miel, o espolvorear azúcar vainillado por encima antes de hornear.
Pon 3-4 pasas entre las rodajas de manzana. Se hidratan y quedan jugositas.
Un mini trocito de queso crema o de brie escondido bajo el hojaldre . Al voltear queda fundido por dentro. Es una locura.
Mezcla rodajas de manzana y pera alternándolas. La pera aporta jugosidad y perfume.
Si tienes dulce de leche o caramelo ya hecho, puedes sustituir parte de la miel por una cucharadita de caramelo. Ojo, con moderación.
Recién hechas están en su mejor momento. Pero se pueden conservar muy bien si lo haces con cariño.
Eso sí: el hojaldre pierde crujiente en la nevera. No pasa nada, pero cambia la textura.
Se puede, pero no es mi primera opción. La manzana al descongelarse suelta agua y el hojaldre puede quedar menos “hojaldrado”.
Si aun así quieres hacerlo:
No hace falta medir con báscula: estas recetas se llevan bien con la intuición.
En cuanto las voltees, pinta la manzana con un pelín de miel calentada 10 segundos en el micro (solo para que esté líquida). Quedan súper brillantes.
Sírvelas en plato pequeño, con una bola de helado al lado y un hilo de miel. Nadie va a creer lo fácil que se hacen.
Si no quieres hacerlas invertidas, prueba esta otra receta, te van a encantar ^^. Y si te sobra manzana aprovecha a hacer este postre, se hace en un momento y está buenisimo!!!
¿Eres team helado de vainilla o team yogur griego? ¿Le pondrías nueces? ¿Te apetece probar una versión con pera o con un puntito de limón?
Si las haces, cuéntamelo en comentarios: qué manzana usaste, cuánto tiempo te tardaron en tu horno y si les pusiste algún extra. Me encanta leer esas mini historias de cocina real, la de verdad, la que pasa en casas normales. Y si tienes dudas, pregúntame también por aquí y lo resolvemos juntas.
Aprende a preparar tartaletas de manzana invertidas con hojaldre, miel, canela y azúcar moreno. Receta paso a paso, trucos para que queden crujientes, conservación, variaciones y preguntas frecuentes.
Precalienta el horno a 180 ºC (calor arriba y abajo).
Forra una bandeja con papel de hornear.

Lava, pela (o no, ahora te cuento) y corta la manzana en rodajas finas, de unos 3-4 mm.
Si te gusta el toque más rústico, deja la piel. Queda precioso y aporta textura.

Aquí viene la parte invertida, la clave.
Para cada tartaleta:
Pon 1 cucharadita de miel sobre el papel de horno, en forma de círculo (como una mini piscina de miel).
Encima, coloca rodajas de manzana, ligeramente montadas unas sobre otras (como escamas).
Espolvorea 1 cucharadita de azúcar moreno.
Añade canela al gusto (yo pongo una buena pizca, sin miedo).
Opcional: una micro pizca de sal. Esto es de esas cosas que parecen raras hasta que lo pruebas: realza el caramelo y hace que el sabor “salte”.
Consejo: no lo hagas demasiado grande. Piensa que luego va el cuadrado de hojaldre encima y tiene que cubrirlo.

Extiende la lámina de hojaldre fría.
Corta 4- 6 cuadrados un poco más grandes que el círculo de manzana.
Coloca un cuadrado encima de cada montoncito de manzana con miel.
No hace falta pegarlo como si fuera una empanadilla, pero sí conviene “abrazar” un poco la manzana: mete las esquinas hacia abajo suavemente para que el hojaldre se apoye y luego no se deslice.
Truco: pincha el hojaldre con un tenedor 2 o 3 veces en el centro. Así no se infla como un globo y queda más estable para voltear.

Bate 1 huevo.
Pincela cada cuadrado de hojaldre por encima.
Esto le da color dorado, brillo y un acabado de pastelería.

Hornea a 180 ºC durante 15 minutos, según tu horno.
Debe quedar el hojaldre bien dorado y crujiente.

Saca la bandeja del horno.
Dejalas reposar 2-3 minutos (solo un poco).
Con una espátula, despega con cuidado cada tartaleta.
Coloca un plato o una rejilla encima y dale la vuelta a cada una.
No esperes demasiado para darles la vuelta, porque la miel al enfriarse se pega más. Tampoco lo hagas al segundo, porque el azúcar está hirviendo y puedes quemarte. Dos o tres minutos es el punto.
Si alguna se resiste, pasa la espátula con cariño por debajo y verás que sale.
Hay recetas que te sacan del modo piloto automático. Estas tartaletas, aunque sean fáciles, tienen un ritual que me encanta: colocar las rodajas como si estuvieras montando una pequeña flor, espolvorear canela, cubrir con hojaldre, pincelar… y luego el momento de darles la vuelta como si fueras una ilusionista doméstica.
Y te digo algo más: cuando las haces, te estás regalando un rato de cuidado. No hace falta que sea perfecto, no hace falta que queden todas idénticas. De hecho, me gusta que no lo sean. Una queda más caramelizada, otra tiene más canela, otra se abre un poco por una esquina… y aun así, cuando las sacas, la cocina huele a hogar y tú te quedas con esa sensación de “mira qué bien”. Eso también alimenta.